China y América Latina: alianza estratégica soberana o profundización de la dependencia?

Maycon Bezerra, colaborador de la Secretaria de Relaciones  Internacionales del PSOL

1 – Qué es China hoy?

Una de las cuestiones más importantes a ser abordadas correctamente por la izquierda socialista en nuestros  días es la que se refiere al carácter de la sociedad y del  Estado chino contemporáneo. Esa cuestión es importante no solo por lo que significa en sí mismo, o sea, la correcta caracterización de lo que es el país con mayor población del planeta y con un papel económico y político creciente en el mundo. Desde el punto de vista de la izquierda socialista latinoamericana, esa correcta caracterización de China y de su papel en la economía y en la geopolítica global es de especial importancia por la presencia, nada discreta, de sus capitales y de su influencia diplomática en nuestra  región.

Si bien todavía hay quienes ven en la China de hoy la nación revolucionaria de otros días, tal vez haciendo un “un gran salto” para llegar al socialismo, o cultivando  un extraño “socialismo de mercado”, que produce grandes capitalistas en todas partes y los incorpora a la conducción del Estado, mientras somete a cientos de millones de personas a degradantes condiciones de trabajo; el hecho es que el gigante chino – a partir de una trayectoria histórica peculiar – se ha convertido en una potencia capitalista “sui generis”, con una clara vocación neo-imperialista

La grandiosa revolución social de 1949 barrió del escenario histórico chino,  tanto la dominación directa de los intereses imperialistas europeos, estadounidenses y japoneses, como la supremacía de sus aliados internos: la oligarquía rural y la burguesía urbana. A partir de 1949 son las masas populares chinas que irrumpen en el escenario histórico, proporcionando la base para la construcción de un nuevo Estado, una nueva economía y una nueva sociedad. La eliminación de las viejas clases dominantes se debe tomar como punto de partida para entender lo que es la China de hoy.

La guerra popular prolongada que llevó al Partido Comunista de China al poder sentó las bases de este nuevo estado, nacionalmente integrado, que expresaba el triunfo de una poderosa revolución socialista agraria, impulsada por el campesinado pobre contra la burguesía rural, el feudalismo y la dominación imperialista de varios imperialismos, combinados y rivales. Con un proletariado urbano bastante incipiente, que no asumió un papel destacado en esa etapa del proceso revolucionario, cupo a ese campesinado llevar la lucha hacia adelante y más allá de los límites democrático-burguesas inicialmente defendidas por Mao Tse-Tung y el PC chino, que estaban bajo la orientación ideológica del “etapismo” estalinista.

Habiendo la revolución china desarrollado a partir del campo, y a partir de la guerra de guerrillas campesina, que no tuvo medios para establecer sus órganos democráticos de poder revolucionario más allá del nivel local, cayó en el  Ejército de Liberación Popular y en el Partido Comunista (rígidamente jerarquizado y disciplinado) la tarea de integrar y consolidar el nuevo poder a nivel provincial y nacional. De acuerdo con el trotskista argentino Nahuel Moreno, es en esas circunstancias que se desarrolla el carácter burocrático del nuevo Estado, privado del control que podría de otra forma ser ejercido por los organismos de la democracia popular revolucionaria, como los Soviets de la experiencia rusa. Sin embargo, incluso burocratizados y  expresando una forma de bonapartismo que equilibra las tensiones y contradicciones establecidas entre las diferentes clases y fracciones de clase de la nueva sociedad china (campesinado pobre y rico, pequeña y mediana burguesía urbana,  proletariado), el ascenso revolucionario internacional post II Guerra Mundial, el asedio imperialista de los Estados Unidos y la presión interna del campesino pobre llevó al proceso revolucionario a expropiar la gran burguesía y afirmar un nítido contenido socialista..

Las contradicciones de clase que sobrevivían y se agravarían con la aceleración de la urbanización y la industrialización, posibilitadas por la planificación de la economía, reforzaron el carácter bonapartista del Estado, empeñado en equilibrar tensiones cada vez más poderosas. El punto más alto de esas tensiones fue la “Revolución Cultural”, que en la segunda mitad de la década de 1960, expresó – aunque de una manera distorsionada – la insatisfacción revolucionaria de millones de estudiantes, obreros y campesinos, bajo el liderazgo de Mao Tse-Tung contra la mayor parte del aparato burocrático, del cual él formaba parte. Esa mayoría, crecientemente  privilegiada y conservadora, era hostil a la dirección maoísta del partido-Estado, que por lo tanto, reaccionó. Esa crisis revolucionaria que prácticamente desmanteló la burocracia dominante, convulsionó el país de arriba hacia abajo, tomando la forma de guerras civiles locales y regionales.

La desorganización social y los excesos de violencia producidos en el ámbito de la “Revolución Cultural” abrieron paso a la contrarrevolución burocrática, apuntando en el sentido de la restauración capitalista. Eso ocurrió porque el liderazgo maoísta no podría imprimir una dirección consecuente al proceso revolucionario de democracia socialista sin corroer las bases de su propia aspiración a la supremacía en el partido-Estado. El Ejército, que fue la única institución estatal que salió intacta de la “Revolución Cultural”, sirvió de pivote para la reconstrucción del aparato burocrático y la restauración del orden, en un sentido claramente contrarrevolucionario.

Sin profundizar el debate a respeto de los zigzags asumidos por la dirección política china, en sus errores y aciertos, éxitos significativos y crímenes trágicos, el hecho es que la consolidación dictatorial de la burocracia del PC chino sobre el conjunto de los trabajadores y de la sociedad hizo del Partido-Estado el único polo de poder legítimo y efectivo en el país. La masacre de la Plaza Tianamen en 1989, fue el aviso de esa burocracia china para dejar en claro que la restauración capitalista, iniciada aún al final de los años 70´, por Deng Xiaoping, sería llevada adelante con mano de hierro de la cúpula del régimen. La divergencia y el cuestionamiento no serían tolerados.

En tales condiciones, el Estado chino fue capaz de asumir la conducción de la restauración capitalista, hasta ahora, bajo la imposición de una férrea disciplina al conjunto de la sociedad; una planificación estricta y una indiscutible capacidad de dirección de las inversiones y prioridades socioeconómicas. Como destaca Jaime Osorio, ese cuadro general es el que permite comprender la aterradora velocidad y pujanza del desarrollo capitalista chino y, en medio a sus contradicciones, la afirmación de su carácter nacional autónomo.[1]

Basado en un capitalismo burocrático, cuyo centro consiste en la articulación de las empresas transnacionales de EEUU, Europa y Japón con las 159 gigantescas corporaciones estatales más importantes del país dirigidas por el gobierno central /[2] (entre las más de 100 mil empresas estatales en actividad en el país/[3]), y con el gran capital privado chino en el interior y en el exterior (especialmente, en Hong Kong y Taiwan), el desarrollo chino asume una característica particular responsable de su dinámica espantosa: la combinación de la producción endógena de alta tecnología con a super-exploración de la fuerza de trabajo del país. Es esa combinación, ausente tanto en los países centrales como en la periferia capitalista dependiente, la que responde  por las permanentes ganancias de productividad y por el elevado nivel de acumulación de capital que posibilita.

Aún de acuerdo con Jaime Osorio, es importante no perder de vista que es el control impuesto a la economía y a la sociedad por la supremacía de la burocracia del Partido-Estado que sostiene el “milagro chino”. El control estatal del sistema financiero y de los sectores estratégicos de la economía permite a la burocracia dirigente, cada vez más fundida con la gran burguesía monopolista, dirigir las inversiones del capital nacional y, principalmente transnacional, en el sentido de la acumulación acelerada. Valiéndose para tanto de un recurso estratégico privilegiado: una mano de obra muy abundante a ser super-explotada /[4]. Fue el estímulo a la inversión privada de capital en el campo; la creación de las Zonas Económicas Especiales en la región del litoral, vueltas a la inversión de las empresas transnacionales (en asociación con empresas chinas) para la producción exportadora; y el estímulo a la inversión extranjera asociado al nacional (privado y estatal) también en la producción de alta tecnología, que formó el tripode sobre lo cual fue montado ése presunto “milagro chino”.

 

Tal modelo económico empezó a ser organizado, en su característica actual, a partir desde finales de los años 1980, con base en la lógica de la “plataforma de exportación”, similar  a lo que fue adoptado por Japón de la post guerra y por Corea del Sur y Taiwan (bajo supervisión y apoyo del imperialismo estadounidense), desde los años 70´. El bajo costo de la fuerza de trabajo, la elevada productividad y la desvalorización cambiaria (dirigida por el gobierno), permitieron que China acumulase un creciente superávit en la balanza comercial y en el balance de pagos. Ese saldo comercial y financiero positivos, producidos por una economía en la cual las exportaciones ocuparon un lugar creciente en la formación del PIB hasta 2006 (cuando llegó a más del 39%) para caer, después de la crisis internacional, al 30% del PIB en 2010, permitió que China financiase al resto del mundo y a EEUU, en particular, acumulando reservas internacionales que llegaron a sobrepasar los US$ 2 billones, en 2012.

En esa trayectoria, China pasó a depender fuertemente del mercado consumidor de EEUU y de Europa, así como de las materias primas, insumos energéticos y bienes  alimenticios importados, que no podía producir en la medida de las necesidades de una economía cuyo ritmo de crecimiento fue de más del 10% al año (entre 1980 2010[5]). Con la eclosión de la crisis financiera internacional de 2007/2008, y el impacto que ejerció sobre los mercados consumidores de los países centrales, China sintió fuertemente el golpe. En 2009 la producción industrial cayó en casi 21%, el desempleo si propago en las provincias exportadoras costeñas y alcanzó la media del 9% en el país, muchas empresas quebraron y cerraron. Se puso clara la fragilidad del modelo exportador chino en un período de inestabilidad y bajo crecimiento, como el que se abrió[6].

Delante de ese cuadro, el gobierno chino inició una reorientación parcial de su modelo económico, que fue confirmada en el XII Plan Quinquenal aprobado en la Asamblea Popular Nacional de China, en 2011. El centro de esa reorientación consistió en un parcial desacoplamiento de la producción china de la dependencia con relación al mercado consumidor de EEUU, en franco estancamiento. En ese sentido, se pasó al fortalecimiento del mercado interno chino, basado en un incremento de la masa salarial; a un intensivo desarrollo científico y tecnológico, de modo a recalificar las exportaciones del país, apuntando en el sentido de las “nuevas industrias estratégicas” (biotecnología, trenes de alta velocidad, satélites, “fábricas inteligentes” etc.); y operando una reducción del nivel de crecimiento económico para un nivel del 7% al año /[7].

De modo complementario, el gobierno chino pasó a fortalecer la posición del país en el ámbito financiero propiamente dicho. No solo convirtió a Shangai en un centro financiero internacional y Hong Kong en un centro financiero off shore, para negociar los títulos del propio Estado chino, como vienen fortaleciendo su posición de abastecedor de crédito internacional a través de iniciativas como la reciente creación del Banco Asiático de Infraestructura e Inversión (BAII) que, contra los intereses de Washington, contó con la adhesión no solo de los países del entorno chino y de muchos importantes países de la periferia (como Brasil, por ejemplo), sino o también de Alemania, Francia y Gran Bretaña, en una clara iniciativa de concurrencia con organismos como el Banco Mundial y el FMI /[8].

El gigantesca acumulación de reservas financieras en dólares por parte de China, que estuvieron bajo riesgo en el auge de la crisis financiera de EEUU en 2008, ha sido empleado, de modo sistemático, en una estrategia agresiva centrada en garantizar, simultáneamente, el fortalecimiento de la posición china en la economía y en la geopolítica global y la reducción de la interdependencia económica con relación a EEUU, no solo en el aspecto comercial, sino también en lo que se refiere a la financiación de la deuda estadounidense. La compra de tierras agrícolas y campos de extracción mineral alrededor del mundo, así como la inversión en la infraestructura necesaria al pleno desarrollo de las actividades económica asociadas, han sido el destino de gran parte de esas divisas anteriormente acumuladas. El fortalecimiento de la posición china, resultante de esa estrategia, es claramente perceptible en el aumento de la presencia del Yuan en los mercados internacionales.

En conjunto, eso significa que la contrarrevolución burocrática, que inició la restauración capitalista en China aún en la década de 1970, o sea, bien antes de lo que se realizó en la Ex Unión Soviética y en los países del este europeo, dio como fruto maduro el desarrollo de una potencia capitalista, aunque todavía “sui generis”. Por sobre las ruinas de las estructuras de poder de las viejas clases dominantes chinas, aliadas a los imperialismos occidentales, y arrasadas por la revolución socialista, la alta burocracia fue capaz de erguir, después un largo proceso histórico (y sobre la deformación reaccionaria de la propia revolución), un poderoso capitalismo burocrático.

Se profundiza en China de hoy un compromiso elitista entre los altos estratos de la burocracia del gobierno y empresas estatales (a la cual Gérard Duménil llama como  “clase gerencial”) y los capitalistas propiamente dichos (nacionales y extranjeros), bajo la dirección de los primeros. El carácter de ese compromiso es complejo y se expresa en el proceso de “hibridizacion” entre propietarios de capital y alta burocracia, en el tope de la pirámide social china. Lo cierto es que esa indistinción social creciente entre propietarios de títulos que rinden ganancias y dividendos y altos gerentes que reciben suntuosas remuneraciones[9] ya se evidencia de modo muy explícito. Los llamados “príncipes rojos”, ligados por lazos de sangre o matrimonio a los miembros de la más alta burocracia partidaria y estatal china, envueltos directamente en la actividad económica privada, dejan en claro que ahí “no existe una muralla  China entre un burócrata y un burgués”, para usar las palabras de Pierre Rousset.

No es posible aún sacar conclusiones definitivas sobre el destino de ese compromiso por lo alto y de esa “hibridción” entre la alta burocracia y la clase capitalista en China, en especial en lo que se refiere a la estabilidad del arreglo que forma el modelo específico de desarrollo capitalista del país. El cierto es que, aún de acuerdo con Pierre Rousset, se trata de un proceso que avanza aceleradamente en la profundización de la “burguesificación” de la alta burocracia y, por otro lado, de la incorporación al mando burocrático de los grandes capitalistas. Es aún componente esencial de ese bloque de poder dominante, el capital privado chino instalado en Hong Kong, Taiwan y Singapur, heredero de las viejas clases dominantes chinas derrotadas en el continente por la revolución/[10].

Sin embargo, es importante registrar que hay tensión en ese compromiso. Esa tensión se vuelve visible en la intensificación de las disputas entre las diferentes facciones internas del PC Chino, principalmente en lo que se refiere al debate sobre los caminos a seguir para enfrentar la presente crisis internacional. Por otro lado, queda claro también que el presupuesto para la estabilidad relativa de ese arreglo elitista, constitutivo del capitalismo chino, es la contención de las demandas de las masas trabajadoras y la intensificación de la propia acumulación capitalista.  En ese sentido, la tensión apunta para una creciente fusión burocrático-capitalista en el tope.

Es la lucha de la gigantesca masa de trabajadores chinos contra la precariedad de su condición de vida, en especial, en el momento en el que la crisis económica internacional impone la desaceleración del crecimiento, con la presión negativa que eso ejerce sobre el nivel de empleo y renta, que constituye el mayor desafío colocado al orden socioeconómico establecido. A la disciplina impuesta coercitivamente, el bloque dominante agrega la estrategia de exportación en masa de fuerza de trabajo como medio de contener la presión obrera y popular.. La eficacia de esa estrategia acordada tendrá que ser acompañada, pero es cierto que parece estructuralmente débil delante del volumen de las contradicciones que se acumulan en la sociedad china.

2 – Proyecto geopolítico chino y América Latina

La caracterización adecuada del papel global de China contemporánea necesita partir de la comprensión de que no estamos hablando más de un país capitalista dependiente de la periferia del sistema, como lo son otros “gigantes” como Brasil, África del Sur o, en otra medida, India. Habiendo sepultado irreversiblemente la transición al socialismo, iniciada con la revolución de 1949, la burocracia china fue capaz de asumir la dirección y el control, tanto del sentido como del ritmo de la restauración y del desarrollo capitalista interno, del inicio al fin. Diferentemente de lo que aconteció en Rusia[11]. Eso permitió que China emergiese como una potencia capitalista, crecientemente dispuesta a contender la hegemonía internacional contra el imperialismo estadounidense, en un proyecto de largo plazo. Tan cierta como la incipiente de ese proceso de disputa hegemónica internacional de China es su tendencia al fortalecimiento.

Como sabemos, bajo el capitalismo dependiente, o sea, bajo la hegemonía del capital extranjero, el “desarrollo económico nacional” siempre promueve la reproducción ampliada de la dependencia: “el desarrollo del subdesarrollo”. Si ése es el caso, por ejemplo, de la trayectoria reciente de Brasil, no es el de China. Mientras el primero, en las dos últimas décadas, experimentó una acelerada modernización capitalista que desnacionalizó, desindustrializo y reprimarizó su economía. Haciendo de la inserción en la “globalización neoliberal”[12] una verdadera regresión que profundizó el carácter dependiente de la economía y de la sociedad brasileña[13], China viene acentuando la fuerza y la complejidad de su sector industrial, cada vez más avanzado desde el punto de vista tecnológico y bajo la dirección del segmento nacional estatal[14] y privado, todavía que fuertemente asociado y combinado al gran capital transnacional[15]

De esa manera, el desarrollo económico chino, asentado sobre la independencia así asegurada, y en función de su necesidad de expansión – determinada por la lógica propia de la acumulación capitalista – se encuentra en la base de un proyecto geopolítico y de una actividad concreta (política, diplomática, militar y económica) internacional que es compleja y requiere ir más allá de lo superficial al descubrimiento de su naturaleza. La faz más visible de ese proyecto y de esa actividad ha sido el llamado empuje al “multilateralismo” y, siguiendo algunos más entusiastas, una reconquista de la orientación “tercer-mundista” que China desarrolló desde mediados de la década de 1950 (en la Conferencia de Bandung, en  Indonesia) hasta su aproximación con EEUU, a mediados de los años 1970

La alegada agenda internacional “Sur-Sur” de China, expresada en el apoyo o en la vanguardia de iniciativas como el G-20 o el BRICS, mucho más que cualquier “cerco de la ciudad por el campo” (para usar una expresión del propio Mao Tsé-Tung), revela, en verdad, una estrategia de expansión del capitalismo burocrático chino. En los marcos de la creciente crisis de legitimidad de la supremacía estadounidense, agravada desde el gobierno Bush, y en los marcos de las dificultades económicas de la super-potencia, China se ha articulado a un conjunto de naciones económica y políticamente relevantes, aunque a nivel regional, para presionar el club restricto de los países centrales y ampliar la estructura institucional de la “gobernación global” de modo a ganar espacio.

 

La poderosa burguesía oligárquica rusa, con Putin adelante, se vale de ese arreglo para fortalecer también su independencia frente al imperialismo estadounidense y consolidar su proyecto nacional (reaccionario y proto-imperialista, es importante resaltar) fundado en el control de sus inmensas reservas de petróleo y gas y en su industria y capacidad bélica, principalmente. Por otro lado, la gran mayoría de los socios minoritarios del proyecto geopolítico chino, países de la periferia capitalista dependiente, participa en las nuevas disposiciones de las estructuras de poder del capitalismo global (en favor de China) más como “tropas de choque” en una estrategia exterior que, como beneficiaria real. Teniendo, al contrario, su condición dependiente afirmada y profundizada.

Obviamente que ese arreglo apenas fue posible en función de la creciente influencia económica china en el plano internacional.  Algunos sectores de la izquierda se reúsan a caracterizar como proto-imperialista o neo-imperialista la expansión de esa influencia porque estaría ausente el elemento de la fuerza y de la coerción, típicas de los imperialismos europeos, japonés y estadounidense en los siglos XIX y XX. Ésa rechazo, sin embargo, expresa el desconocimiento de dos elementos fundamentales para una correcta comprensión  de ese expansionismo chino: la política del país dirigida a su entorno más inmediato, en el este y sudeste asiático; y la utilización por el capitalismo burocrático chino de las estructuras de dependencia y subordinación de la periferia, previamente establecidas.

En cuanto al primero de esos elementos, la política agresiva de expansión económica china sobre países como Vietnam, Tailandia, Filipinas,  etc. tiene no solo reforzado – y duplicado – las cadenas de la dependencia y del subdesarrollo de sus vecinos, como ha impulsado también una escalada expansionista china en el ámbito político-militar, como viene destacando Pierre Rousset[16]. El Mar de China es tratado por el gobierno de Beijing como un “mar interior”, del cual pretende disponer casi exclusivamente. Ignorando la posición de Japón, Vietnam, Filipinas y otros países limítrofes, China no solo toma posesión y reivindica la totalidad de las islas Paracelso y Spratley, del Atolón de Scarborough y de las islas Senkaku/Diaoyu, como extiende su “mar territorial” en la región de modo de dejar a los países vecinos con parcelas diminutas. Para garantizar sus pretensiones, el gobierno chino viene montando estructuras militares en islas y archipiélagos deshabitados de la región, imponiendo una conquista de hecho.

La intransigencia amenazadora de los chinos frente a las protestas más vehementes de Japón y del Vietnam no se confunde con la crítica, legítima, contra la enorme presencia militar estadounidense en la región, aunque ésa sea la estrategia del discurso de Beijing. El gigantesco aparato militar chino es lo que viene garantizando su avance sobre las prerrogativas de los países vecinos. Por sí solo, esa realidad desmiente la tesis de que China sería esencialmente un “gigante gentil”. El desarrollo del capitalismo chino determina la necesidad de expansión territorial de su área económica y ésa, ar su vez, determina que la burocracia – cada vez más fundida al gran capital – se sirva de la máquina militar del Estado, y su poder de disuasión, como su garantía en última instancia. Tenemos ciertamente ahí “un imperialismo en construcción”, como en el título de un trabajo de Rousset[17].

En lo que refiere al avasallador crecimiento de la presencia e influencia económica, política y diplomática china, además de su entorno más inmediato, los datos son impresionantes. Volviendo la atención sólo para su relación con la periferia capitalista dependiente, foco de interés de este trabajo, es posible constatar que China es hoy el principal socio comercial de África[18] y llegará, en 2016, a la condición de segundo socio comercial de América Latina y Caribe, quedando atrás sólo de Estados Unidos[19]. Y esta relación se intensifica en una velocidad tremenda. El intercambio comercial con África que era del orden de US$ 10 mil millones en el año 2000, pasó para US$ 100 mil millones en el año 2011, y sigue aumentando[20].

Un tercio del petróleo consumido por China viene de África, principalmente de Angola, así como 20% del algodón consumido por su industria textil. Además de los cambios comerciales propiamente dichos, el capital chino ha avanzado sobre el terreno abandonado por la desinversión relativa estadounidense y europea. El volumen de su inversión directa (productiva) y financiera en el continente es enorme y creciente. No obstante, apunta en el sentido de expandir y consolidar el padrón inaugurado por los europeos, garantizando el intercambio de materias primas y recursos energéticos y alimentares por bienes industrializados. La inversión china se concentra en torno de la actividad extractivista de petróleo y otros recursos naturales esenciales para garantizar su modelo de desarrollo, viabilizando también su flujo y beneficiamiento primario. Las elevadas sumas destinadas a la compra de inmensas extensiones de tierra, yacimientos minerales, montaje de infraestructura y construcción de zonas industriales exportadoras[21], lejos de representar cualquier tipo de benevolencia, promueven la reproducción ampliada de la dependencia africana.

En consecuencia del carácter explotador de su presencia en el continente, de los métodos peculiarmente extremos de explotación del trabajo en sus empresas, y del gran flujo de trabajadores chinos inmigrados, un fuerte sentimiento anti-chino se expande por varios países africanos como acontece también en países del sudeste asiático. El tema del rechazo a esta presencia china es fuerte y ha pautado inclusive el debate político y electoral nacional en muchos países, llegando a conducir el Frente Patriótico de Zambia a la victoria en las elecciones presidenciales en el año 2011. Una vez en el poder, el grupo tuvo que retroceder en su retórica y subordinarse a los intereses chinos que controlan cerca del 20% del PBI del país[22]. Conflictos y explosiones de violencia, de intensidad variable, en torno del tema también ya salieron a luz.

Así como su relación económica con África, la interacción económica china con América Latina también se estructura en torno de un intercambio comercial asimétrico. Mientras esta última proporciona bienes primarios de bajo valor agregado, China exporta bienes industrializados, dotados de tecnología cada vez más avanzada (y crecientemente inaccesible a sus socios). No sólo la asimetría en los términos de intercambio es bastante considerable, también ha provocado consecuencias regresivas drásticas en las economías latinoamericanas, como el desmantelamiento de sus industrias nacionales de máquinas y equipamientos, incapaces de enfrentar la competencia china. Un problema sentido, principalmente, en países como Brasil en el cual se había llegado a avances considerables en esa área a lo largo del siglo XX[23].

Este comercio bilateral entre China y América Latina y Caribe sigue en una dinámica de crecimiento. El presidente chino Xi Jinping anunció, el último enero, la intención de doblar en los próximos años el valor del intercambio comercial China-CELAC (que reúne los países de la región), llegando a US$ 500 mil millones. Es importante registrar que el valor actual de este intercambio, que es de cerca de US$ 275 mil millones, partió de una base que era, en el año 2000, de apenas US$ 10 mil millones. Este fortalecimiento acelerado de China en el comercio con la región se explica, en primer lugar, por el hecho de que el gigante asiático ha sido uno de los principales actores y beneficiarios de la “globalización neoliberal”, al lado de los EEUU, su impulsor central. No se puede comprender el lugar acompañado por China en la economía mundial de hoy, sin llevar en consideración las ganancias que obtuvo con la liberalización y crecimiento exponencial del comercio y de los flujos de inversión internacionales en las últimas décadas.

Su conversión en “fábrica del mundo” no sólo viene abarrotando el mercado mundial con sus productos manufacturados, cuyo bajo precio relativo es garantizado por la compresión de los salarios reales de la clase trabajadora china; por las ganancias de productividad impuestos por la incorporación de la investigación tecnológica del país a la actividad industrial; y por el cambio administrado que mantiene desvalorizada la moneda china en relación al dólar. Sigue también atrayendo para el país una parte elevadísima del flujo internacional de inversiones productivas y financieras, canalizados estos por la burocracia dirigente, fundamentalmente para la producción (y no para la especulación, como en América Latina). Sin embargo, esto no explica todo.

El correcto encuadramiento del intercambio creciente de China con la economía latinoamericana y caribeña exige la comprensión del papel fundamental ejercido por la enorme – y también creciente – presencia de la inversión china en la región. Incluso si la inversión de naturaleza financiera ultrapasa en mucho cualquier inversión directa en la actividad productiva[24], la estructura y la característica de estos dos tipos de inversión revela una profunda complementariedad, prioritariamente para la consolidación y ampliación de la capacidad de que nuestras economías satisfagan la demanda china por energía, materias primas y alimentos. En ese aspecto, la perspectiva de China en relación a la región es esencialmente la misma que dirige al conjunto de la periferia capitalista dependiente.

Este flujo macizo de inversiones es centralizado en torno de la actividad extractivista (petrolera y mineral) y agroexportadora. En primer lugar, es preciso abordar la adquisición de vastísimas extensiones de tierra en toda América Latina y Caribe (así como en África y Australia, principalmente) por parte de los chinos. Estas operaciones expresan la acción combinada de fondos soberanos y conglomerados industriales de naturaleza estatal; de la administración directa del Estado, con vistas a la destinación de las elevadas reservas cambiales; y del capital privado, prioritariamente vía el establecimiento de joint ventures con empresas locales. Grandes corporaciones chinas, como Shangai Pengxin Group Co. Ltd. y COMPLANT, son la punta más visible de una intrincada tela de negocios en la cual, de la misma forma que China sirve de plataforma para la compra de tierras en América Latina para el capital estadounidense, europeo y árabe, el capital chino adquiere tierras aquí partiendo de otros países y regiones estratégicamente seleccionadas[25].

China se tornó el mayor comprador de tierras del mundo, totalizando cerca de 7 millones de hectáreas adquiridas en todo el mundo, siendo gran parte en nuestra región[26]. Así, viene contribuyendo decisivamente para la todavía mayor concentración de la propiedad de la tierra en América Latina, el vector más importante históricamente para la reproducción de nuestra dependencia y subdesarrollo. Además, viene combinándose al gran capital estadounidense, europeo y  a la gran burguesía latinoamericana para promover un salto cualitativo en el sentido de una profunda desnacionalización y financierización de la propiedad de la tierra, pero también del control sobre la actividad agroexportadora. Caracterizándose un avance del “desarrollo del subdesarrollo” representado por el latifundio latinoamericano.

En esta embestida, Argentina cumple un papel estratégico, no sólo por el avance del capital chino sobre su actividad agropecuaria, pero principalmente por la íntima asociación de China con el sector empresarial del “agronegocio” local, que convirtió el país en sede de gran parte de las operaciones de compra de tierras agrícolas en América del Sur. Los dispositivos de integración sudamericana, limitados y puestos bajo el control del capital, han servida a esa estrategia. Cuando no se apropia directamente de la tierra, el capital chino (pero no sólo él) promueve adquisiciones de empresas agroindustriales nacionales que subordinan así el trabajo de decenas de millares de pequeños agricultores dependientes.

Más que el “agronegocio”, el extractivismo petrolero y minerador de la región ha sido, sin lugar a dudas, el foco principal de las inversiones chinas. Según un estudio que reúne datos de 2010 a 2012[27], se revela el lugar de América Latina en la estrategia económica de China. En relación apenas a la inversión económica directa (no financiera), el cuadro es el que sigue: mientras que el montante de esta inversión en la región direccionado a la industria de transformación es de apenas 15% del total, contra 31% del total de la inversión china en el exterior direccionado a la misma actividad, el montante directamente invertido en el extractivismo es de 13% del total, contra 6% del total de la inversión externa china direccionada en este sentido. La mayor parte de esa inversión sigue, sin embargo, para actividades directa o indirectamente relacionadas con el desarrollo comercial bilateral, 61% del total, contra 37% del total de la inversión china en el exterior vuelto para el mismo fin. Esa inversión es aquella dirigida, principalmente, al negocio de importación y exportación y, por lo tanto, más allá de que indirectamente, relacionada también con la actividad extractivista (y agrícola) y el flujo de su producción en dirección al mercado chino.

Datos más recientes revelan un avance extraordinario del capitalismo chino sobre el sector extractivista latinoamericano y caribeño, así como sobre el sector de infraestructura logística y energética. Algunos de los ejemplos más emblemáticos de esta ofensiva son los acuerdos de las gigantes chinas del petróleo CNPC y Sinopec con el gobierno de Venezuela para inversiones en la extracción en la Franja del Orinoco que, sumados, llegan a US$ 42 mil millones. El líder de las chinas CNPC y CNOOC en el consorcio que venció la subasta del campo de petróleo de Libra, en la región del pre-sal en el litoral brasileño[28], bien como el líder de la estatal china State Grid Brazil Holding en el consorcio vencedor para la construcción y explotación de las líneas de transmisión de la energía producida por la usina hidroeléctrica de Belo Monte, también en Brasil, demuestran la importancia de este avance[29].

Proyectos igualmente emblemáticos son: la adquisición china de las minas de cobre de Las Bambas, en Perú, la mayor adquisición de campo, en valor, en la historia del país andino[30]; el financiamiento a la construcción de un canal en Nicaragua para unir los océanos Atlántico y Pacífico (que quedará bajo control chino) y rivalizar con el Canal de Panamá, de manera de permitir la expansión del comercio internacional del país[31]. En conjunto, estos datos revelan una presencia no sólo maciza, y cada vez mayor, del capital chino en América Latina, como su carácter predatorio que, al combinarse (compitiendo) con la presencia del imperialismo estadounidense (y de los imperialismos europeos), reproduce y profundiza el carácter capitalista dependiente y relativamente subdesarrollado de la región.

El control de la producción y/o de la exportación de bienes primarios latinoamericanos por parte de las grandes corporaciones china hace que porciones, cada vez mayores, del excedente económico producido internamente, sean enviadas, en forma de lucros y dividendos, para el exterior. Por lo tanto, no son reinvertidas aquí y transfieren para afuera las ganancias de la acumulación capitalista, que nos integra e incorpora de modo subordinado y periférico. En el contexto actual, marcado por el semi-estancamiento de la economía mundial y de fuerte desaceleración de la economía china, la demanda mundial por las commodities agrícolas y minerales es drásticamente reducida, haciendo caer sus precios en el mercado. Este cuadro general desprecia la situación latinoamericana en las trocas internacionales, profundizando su posición desventajosa en la estructura asimétrica del comercio, en especial, con la propia China.

Toda esta situación, ya bastante negativa para los países de nuestra región, es agravada por el aumento acelerado de la dependencia en relación al financiamiento chino y sus condiciones. Por un lado, el crédito chino para el exterior – y para América Latina, incluida – viene aumentando vertiginosamente desde la crisis del 2007/2008, que vació bastante de crédito el mercado financiero internacional, por otro lado, y de modo complementario, este aumento de financiamiento chino viene a demostrar la necesidad de valorización del capital oriundo de ese país, en el contexto de la fuerte desaceleración económica interna dictada por el gobierno. Aquí, las condiciones impuestas por el dinero chino – sea como crédito a los gobiernos o directamente a proyectos económicos específicos – incluyen la garantía de posicionamiento privilegiado para sus corporaciones en sectores estratégicos o el pago directo en petróleo u otros recursos oriundos del extractivismo[32].

La mencionada desvalorización del petróleo que, para además de la coyuntura, posee un aspecto estructural que acompaña la crisis del capitalismo global, obliga países como Venezuela, por ejemplo, a entregar cantidades cada vez mayores del producto como pago por el crédito chino. No se trata sólo de una aceleración de la expoliación de los recursos naturales del país, pero también de la imposición de un aferramiento del mismo a la actividad primaria-exportadora, impidiendo que la riqueza del petróleo pueda servir de base a inversiones en la tan necesaria diversificación productiva del país, que sigue teniendo que importar la mayor parte de los bienes de consumo disponibles al mercado interno. Y lo que está colocado para Venezuela, en este aspecto, está colocado para casi todos los países de la región en su relación con el capitalismo chino.

Las consecuencias más propiamente político-sociales de este padrón de relacionamiento económico son desdoblamientos de la ya mencionada profundización del carácter dependiente y periférico de América Latina, con toda la fragilización que esto impone. El congelamiento y regresión en los procesos políticos revolucionarios de carácter popular, democrático y anti-imperialista, vividos en Ecuador, Bolivia y, principalmente, Venezuela, expresa también los límites impuestos por la subordinación al capital chino y su modelo de acumulación extractivista.

Todo aquello que ganó el sobrenombre de “neodesarrollismo” y fue presentado, no sólo, mas especialmente por el PT brasileño, como alternativa macroeconómica al neoliberalismo y pasaporte para la superación del subdesarrollo, expresó, y sigue expresando, en amplia medida, un movimiento de adaptación a las condiciones e imperativos puestos por la creciente presencia del capitalismo chino y sectores internos de la gran burguesía a él asociada (como, en especial, el “agronegocio” y las mega constructoras brasileñas). Esto no significa que el imperialismo estadounidense y europeo hayan sido neutralizados o expulsados, muy por el contrario, ellos vienen encontrando formas de combinarse – más allá de que sea compitiendo – con el capital de China y el modelo primario-exportador de (sub) desarrollo que induce en la región.

Esto no debe llevar a creer que no existan tensiones entre los viejos intereses imperialistas y el neo-imperialismo del gigante asiático. Estas contradicciones inter-imperialistas, por sí, privan de coherencia la conducción de los gobiernos e intensifican las luchas entre las clases y fracciones de clase en la sociedad. Como se expresa en mayor medida en los países de gobiernos bolivarianos y en Argentina, el poder gubernamental goza de un margen de autonomía más significativa, justamente en función de una mayor polarización entre diferentes sectores de la clase dominante, más articulados a uno u otro de estos intereses externos. A una mayor contradicción arriba, corresponde mayor actividad de abajo hacia arriba, por parte de las masas trabajadoras, lo que torna el cuadro aún más complejo.

La crisis política que vive Brasil tiene como uno de sus componentes decisivos la contra-ofensiva del imperialismo estadounidense, que busca reconstruir el alineamiento automático de la política externa del país a sus directrices y, a través de Brasilia, presionar por la recuperación del espacio perdido con China en la región. El debilitamiento del PT aparece a los EEUU como una necesidad relacionada a la eliminación de cualquier vestigio de soporte a orientaciones de política externa más independiente (de Washington) en América del Sur, incluso bajo las limitaciones e inconsistencias impuestas por la estructura económica primario-exportadora, que se profundiza.

No obstante, la negación de parte de la izquierda latinoamericana en reconocer el carácter neo-imperialista de la presencia china en el continente debe ser enfrentada. No se puede ignorar que las contradicciones que establece con los viejos imperialismos (de los EEUU, en primer lugar) posee también un sentido anti-popular y anti-nacional. En lo que hay de fundamental, lo que se busca son mejores condiciones para la acumulación capitalista, por sobre la perpetuación y profundización de la súper-explotación de los trabajadores. Es verdad que está ausente el uso de la fuerza y de la coerción para la garantía de sus intereses en los países de la región, pero no es posible ignorar que las viejas estructuras de subordinación y dependencia, históricamente impuestas y consolidadas por las burguesías locales en asociación con EEUU, y que remontan al pasado colonial y neocolonial, constituyen la vía por la cual se expanden los intereses chinos. De modo semejante al que hizo el propio capital de los EEUU en relación a las estructuras previamente montadas por el imperialismo inglés en alianza con las oligarquías agrarias latinoamericanas, todavía en el siglo XIX.

Los sectores burocráticos de la izquierda de la región que ocultan el neo-imperialismo chino buscan ocultar su propia subordinación en relación a él y el retroceso que esto significa en relación a las conquistas nacionales y democráticas garantizadas por la lucha de las masas en el período anterior, especialmente en los países donde más se avanzó: Ecuador, Bolivia y Venezuela. La referencia en el “modelo chino” de desarrollo, exhibida por algunos de estos sectores, expresa una perspectiva que no sólo omite la súper-explotación de los trabajadores, como también la expoliación de los recursos naturales en la periferia capitalista, que le sirven de fundamento. Además, omite incluso que el capitalismo burocrático chino tiene como presupuesto, en sus orígenes remotos, la destrucción de las estructuras de poder de las viejas clases dominantes y del capital extranjero en China. Ló que no aparece em seu horizonte estratégico.

La salida para los trabajadores y las masas populares latino-americanas continua siendo forjar, en la lucha contra los intereses de la burguesía local y del capital extranjero, una democracia participativa y ampliada que coloque la economía, la política y la vida social bajo el control y al servicio de los intereses de las amplias mayorías. La integración latinoamericana y caribeña, en un acuerdo profundamente democrático donde manden los pueblos, en una perspectiva de transición al socialismo, es lo que puede garantizar a nuestra región la autonomía y la dignidad históricamente exigidas por nuestra gente.

[1] http://2014.kaosenlared.net/component/k2/29496-brasileconomia-dependente-impede-que-brasil-se-torne-imperialista

[2] http://pt.wikipedia.org/wiki/Economia_da_Rep%C3%BAblica_Popular_da_China.

[3] http://br.wsj.com/articles/SB11054895691343723447204580512700807497256.

[4] http://www.rebelion.org/noticia.php?id=109506

[5] http://data.worldbank.org/data-catalog

[6] http://cartamaior.com.br/?/Editoria/Economia/O-XII-Plano-quinquenal-chines-adeus-a-%27Chimerica%27%0D%0A/7/16820

[7] Idem.

[8] http://www.rebelion.org/noticia.php?id=197310.

[9] El debate teórico propuesto por Gérard y Dominique Lévy Duménil en “La crisis del neoliberalismo” (2014) se toma aquí como un punto de referencia. En su aspecto más fundamental, se basa en el estado que no es posible considerar los “salarios” de “clase dirigente”, es decir, los estratos más altos de la burocracia corporativa o estatal, ya que el precio de su fuerza de trabajo, como en la clásica definición marxista del salario. Según Duménil y Lévy, esta remuneración debe ser considerada como parte del excedente económico producido por el trabajo.

[10] https://outrapolitica.wordpress.com/2014/02/23/dou-surgit-le-nouveau-capitalisme-chinois-bourgeoisification-de-la-bureaucratie-et-mondialisation/#more-39760

[11] El debate sobre la restauración del capitalismo en Rusia y sobre las particularidades del neo-imperialismo Ruso, está más allá del alcance de este trabajo.

[12] Aun utilizando el concepto de Duménil y Lévy.

[13] Incluso aparentemente revertido por el breve interregno “neo desarrollista” que podemos abordar más adelante.

[14] Ver nota 3.

[15] Como se mencionó anteriormente, en una posición intermedia entre el capital privado propiamente  nacional y el capital  transnacional, ocupa un papel estratégico, de mayor relevancia  para el desarrollo capitalista contemporáneo chino, el llamado “capital chino  transnacional”, instalado  en Hong Kong, Taiwán y Singapur

[16] http://vientosur.info/spip.php?article9230

[17] Idem.

[18] http://vientosur.info/spip.php?article7062

[19] http://www.bbc.co.uk/portuguese/noticias/2014/07/140721_chineses_negocios_america_latina_ms_kb

[20] http://www.rebelion.org/noticia.php?id=195845

[21] http://www.unifal-mg.edu.br/economia/sites/default/files/economia/NEheEP/Artigo_Faleiros.pdf

[22] Ver nota 18.

[23] http://www.diplomatique.org.br/artigo.php?id=1698

[24] http://www.bbc.co.uk/portuguese/noticias/2014/05/140505_investimentos_china_venezueala_fl

[25] Ver nota 21.

[26] Idem.

[27] https://www.academia.edu/4386712/Inversi%C3%B3n_extranjera_directa_de_China_en_America_Latina

[28] Ver nota 24.

[29] http://www.indicadoresdebelomonte.com.br/2014/11/chineses-pressionam-dilma-para-driblar-lei-nas-linhas-de-belo-monte/

[30] Ver nota 24.

[31] http://www.bbc.co.uk/portuguese/noticias/2014/07/140721_chineses_negocios_america_latina_ms_kb

[32] Ver nota 24.

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